lunes, 1 de noviembre de 2010

Kami-Camí o la insoportable levedad del ser

    Creo que es la primera vez que hago una reseña aquí de un libro, ya que el lugar correcto es Cosas Mías, pero lo cierto es que este volumen está íntimamente relacionado con el libro electrónico, o más bien con la comunidad dedicada a él por la que suelo circular más o menos habitualmente, ya que el autor es Faisanes, un habitual de Lectores Electrónicos.

    Y quien me conozca de verdad sabrá que no suelo recomendar truños y que siempre, siempre, llamo a cada cosa por su nombre (o al menos por el nombre que yo creo que tiene, y para muestra un botón, o leeros algunas críticas que he comentado sobre varios libros amateurs que he leído).

    Pero este es un libro especial, muy especial, al menos para mí. El autor, Fernando Sánchez Esteban es, como ya he dicho, un habitual de esto de los texters, como él los llama, nombre que yo odio con profunda intensidad, qué le vamos a hacer, uno es corazón y vísceras…, y resulta que este libro también lo es.

    Enmascara una historia de amor, o más bien desamor, profunda e intensa, irrepetible, valiente y descolocada, un amor posible e imposible a la vez, un amor incomprendido e incomprensible.
Y digo enmascara porque el libro realmente son dos. En uno de ellos podemos encontrar lo citado. En el otro… bueno, el otro es algo único e intransferible, personalísimo y profundo, exquisito en su planteamiento y original en su desarrollo.

    La prosa es densa y rica, y se le pueden perdonar algunos de los gazapos que, por desgracia, hay dentro del libro. No obstante a veces incluso enriquecen el ecosistema, dan otra visión o más bien nos muestran la falibilidad del autor, porque si no fuera por eso estaríamos ante una obra perfecta(que no la hay).

    Leer Kami-Camí ha sido un impacto comparable a leer Cien años de soledad o El perfume. A mi modo de ver tiene componentes similares ya que resulta igual de insólito y original, escribir por escribir, la maravilla de la palabra por la propia palabra y nada más.

    Aparte está el contenido, denso tenso, intenso inmerso, autoconcluyente y autocomplaciente, mágico mesmérico, increíblemente original –ya lo he dicho- y profundamente bello, cada palabra y cada frase es un mundo incomprensible e incompresible (fijaros en que en la segunda falta una ene) porque es un todo autocontenido y concluyente.

    Dice Faisanes que lo escribió en una especie de evento gestalt, instantáneo e inmediato, y yo me lo creo porque es como leer pensamiento puro, al que el autor de estas líneas ha intentado imitar sin mucho éxito en el párrafo anterior. Pensamiento original e intransferible, pensamiento fuerte y pensamiento inteligente, pensamiento… pensado. Si lo leéis me entenderéis.

    Eso sí, el libro hay que tomarlo con calma (o no). Tienes que ser muy buen lector (o tener una mente muy fuerte) para poder acabarlo de una tacada sin morir en el intento, porque es denso e intenso y, aunque la prosa fluye, es un fluir de melaza y miel, que exige esfuerzo para extraerla del tarro. Si acaso quieres leerlo, tómatelo con calma o existen muchas papeletas para que termine cansándote, pero os aseguro que vale la pena.

    Os lo recomienda alguien que lleva leyendo una media de entre cien y doscientos libros al año desde los catorce años, ahora algunos menos, y que ha podido observar verdaderos truños elevados a la categoría de obras excelsas (me vienen a las meninges el Contraluz de Pynchon , el Dhalgrende Delany o las novelas de Dick) y libros increíbles catalogados de basura…

    El libro se puede comprar en formato e-book o en papel, en Amazon. Como dijo aquél, nadie es profeta en su tierra